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Sergio Chavarría
Modelos del buen gusto
09-05-2026

Esta exposición, como distintos proyectos de Sergio Chavarría, surge de una inmersión del artista en el ámbito del transporte de carga en México. A través de la fotografía, el video y la instalación, se ha ocupado de aspectos relacionados con la estética de los camiones, la poética en las textualidades que los revisten y reflexiones asociadas a lo identitario, lo económico y el trabajo en dicho medio. En el proyecto que presenta ahora, resultado de una investigación fotográfica en los espacios dedicados al descanso y recreación de los operadores de camiones, se vale nuevamente de la instalación, la fotografía, y esta vez de la pintura, para convocar las sensaciones derivadas del habitar las llamadas cachimbas.

‘Modelos del buen gusto’ condensa su interés en las configuraciones de estos espacios; en las decisiones que motivan sus decoraciones, con el afán de acoger a sus visitantes. Se ocupa, desde estos registros, de indagar en los imaginarios visuales, provenientes de distintos referentes culturales, que se decantan en aquellos espacios de pausa para largos caminos. “La decoración -explica– no aparece como gesto ingenuo, sino como una práctica situada, donde el gusto se construye entre restricción, aspiración y repetición”.

En su propia mirada, al igual que en aquellas que configuran estos espacios de alimentación, descanso, aseo y ocio, identifica accesos desiguales a la educación visual y una circulación fragmentada de imágenes que se adaptan y reformulan en entornos distintos en un afán de comodidad. ¿Cómo Rothko o las relaciones de colores opuestos y complementarios aparecen en un espacio de tránsito en Trancoso, Zacatecas? ¿De qué manera una trama de William Morris, impulsor decimonónico del bordado artesanal ante la industrialización imperante, persiste como estampado industrial en una cortina en Cuencamé, Durango? ¿De qué modos abrevan unos murales sobre camiones en Jalpa, en Zacatecas, de una larga tradición de representación de hitos identitarios?

En este proyecto se encuentran tres cuestiones de la historia del arte que se entrelazan en obras que demandan distintas herramientas de nuestra mirada. Está la cuestión del gusto, que invita a interrogar las gramáticas de nuestra apreciación; la de la materialidad de las obras, al entrecruzar la pintura, la fotografía y la instalación, así como los problemas asociados a cada medio; y está también la cuestión del movimiento: el de los cuerpos que trabajan desde el desplazamiento, el de un artista que se desplaza con ellos para ejercer una observación participante y el de una espectaduría llamada a pensar en el lugar de su mirada y la de quien construye aquello que mira.

En las fotografías resalta una interrogación de la noción de documento, donde lo que motiva al artista no es un ejercicio narrativo, de contar historias, sino la evocación de sensaciones. Desde la pintura, por otra parte, se convoca una tradición de pensamiento visual que, como se evidencia, configura espacios de manera cotidiana y, a la vez, escapa de dichos registros para existir en el espacio de la galería y resaltar los puentes o barreras culturales y de clase que el propio artista ha transitado. La instalación, en todo caso, funge como pegamento entre lo pictórico y lo fotográfico. En ese espacio de intercambio, los bodegones y naturalezas muertas sitúan al espectador de arte ante espacios que habitualmente le están vedados para espejear y poner en evidencia los códigos sociales de la mirada.

Eunice Adorno
Crónicas de un tinaco de asbesto
04-02-2026

Un hombre emerge del interior de un tinaco de asbesto. Con su torso de espaldas descubierto y medio cuerpo dentro, parece un centauro avistado en las alturas. El contenedor se vuelve el cuerpo de un mito; el humano, parte inseparable de su naturaleza. Esta revelación captada en una fotografía instantánea por Eunice Adorno, se convirtió en una clave secreta para la investigación que ha realizado desde el año 2020, acerca de la arqueología y las huellas del paso del agua en infraestructuras hidráulicas como presas, tuberías, canales y depósitos. Titulado Las aguas eran salvajes, su estudio ha derivado en varias obras alrededor de vestigios hídricos como signos del fracaso de la modernidad, su ambición por dominar el agua y  las transformaciones violentas que ha implicado para los ecosistemas y la vida cotidiana.

En esta ocasión la galería Revuelo presenta, a través de fotografía en blanco y negro, registros de archivo y objetos encontrados, la etapa más reciente de este proyecto que explora su relación íntima con el agua en la ciudad, a partir del tinaco de asbesto como un artefacto que encierra relevantes tensiones materiales y políticas para su investigación.

El tanque es el vínculo doméstico directo con el abastecimiento y el consumo del líquido vital. A la vez, es un objeto por décadas tan común en las azoteas de la ciudad que podría resultar invisible e insignificante. En cambio, para la artista evidencia inquietantes contradicciones al ser un material de uso masivo en la modernidad constructiva, mientras su deterioro conlleva una toxicidad letal. Por décadas ha sido un peligro ocultado por las industrias y administraciones urbanas por el alto costo económico y político de reconocer sus efectos mortales en la salud humana. El hecho de que este material construyó ciudades y al mismo tiempo transporta una amenaza de muerte, es para Eunice Adorno una metáfora de la fragilidad del proyecto civilizatorio occidental y la vulnerabilidad de la vida en él.

Las fotografías incluidas en la muestra registran las cualidades escultóricas y arquitectónicas casi abstractas de este contenedor en vías de extinción, en diálogo con la estética fotográfica de arquitectura y monumentos de la modernidad. Lo ínfimo es idolatrado para desjerarquizar los valores que asignamos a los objetos de nuestro alrededor. El tinaco –que la acompañó por años en su casa– fue destruido para volver legible las escrituras de su interior, diseccionado para ser comprendido y exhibido como escombro, fragmento, archivo y escultura. En ocasiones se figura como un paisaje lunar, un vientre fértil, la osamenta de un animal desconocido o las ruinas de una utopía. Los detalles que registra cada imagen interroga su misterio íntimo como quien lee un códice escrito en una lengua antigua, como si la huella fuera un oráculo de la catástrofe que generosamente sobrevive para la mirada atenta de estar frente a mundos ignotos pero posibles.

En la mitología griega, el centauro es la criatura mitad hombre mitad caballo que representa la dualidad entre lo civilizado y lo salvaje, la razón y los instintos naturales. En ese sentido, las imágenes de Eunice Adorno recuerdan la latencia vital indomable escondida en todo proceso civilizatorio, la impensable respiración entre las fibras de lo aparentemente inerte, la belleza que es posible hallar en objetos de planificación y silenciosa muerte, la fuerza indómita de una escritura que no calla si la sabemos leer. La destrucción del tinaco dió paso a la crónica, “como acto de reconocimiento” –apunta la artista–. ¿Qué narración de nosotros mismos podemos reconocer en él?¿Qué tipo de vínculo afectivo establecemos con ellos, como superficie, piel, cuerpo hondo que contiene la vida y sus memorias? ¿Qué escrituras ofrece para un porvenir de distopías?

Roselin Rodríguez Espinosa. Curadora

Daniela Anelisse
Vacaciones Permanentes
06-11-2025

Hay una mezcla de alivio, melancolía y deseo por atrapar lo inasible en cada una de estas imágenes. Como si al encenderse el aire acondicionado de un cuarto de hotel —ese sonido tan familiar y ajeno— pudiéramos suspender el tiempo, echarnos en una cama que no es la nuestra, probar la almohada, descansar y a la vez sentir esas ganas por salir, por descubrir, por perderse. Afuera puede ser Japón, Canadá o una ciudad cuyo nombre se olvida pronto, pero por unos días todo parece nuevo, todo huele a comienzo.

Las fotografías de Daniela Anelisse Rodríguez miran el mundo con una especie de ternura por el instante. Con humor y con paciencia, observan los rastros del paso humano: una mesa desordenada, un baño de azulejos pastel, un vagón vacío, la luz de una tarde que no volverá. No buscan el momento perfecto, sino esa liberación silenciosa que ocurre cuando aceptamos que nada dura demasiado.

No se trata solo de viajar, sino de habitar la ilusión de las vacaciones permanentes. Esa fantasía de que la vida puede sostenerse con la primera copa de vino, con papas fritas para compartir, con la vista desde una ventana que no repetiremos. Entre los restos de una comida y la espera del siguiente tren, el turista se convierte en testigo de su propio paso por el mundo.

Tal vez viajar sea solo eso: aprender a vivir, aunque sea por un instante, como si durara.

Texto por Begoña Irazabal

Emiliano Aivar
Nada pesa tanto como lo no dicho
29-05-2025

Existe un tipo de fotografía que se esfuerza por señalar, por hacer que las imágenes griten y demuestren que algo ha sido visto. Esas fotografías, aunque a menudo son impactantes y contundentes, surgen siempre de un acto de encuentro individual que cierra la puerta a quien las mira. Dicha contundencia suele impedir que el espectador lleve la imagen hacia una interpretación propia.

Emiliano Aivar parte del polo opuesto. Sus imágenes no señalan; toman nota. Luego regresa y nos deja la puerta entreabierta, y al hacerlo, colectiviza el encuentro con aquello que está en la foto pero no es evidente.

Las fotografías de Emiliano son pensativas, por ello, nos invitan a pensar. Son bellas, precisas. Casi demasiado. Denotan un trabajo técnico arduo y un estudio de la tradición que solo puede surgir de una atención extrema. Sin embargo, hay que tener cuidado con quedarse únicamente en esa capa. Su preciosismo superficial, aunque muy disfrutable, es en realidad una trampa para sostener la mirada. No buscan certezas, sino que crean atmósferas cargadas de ambigüedad. Cuando uno está frente a ellas, intuye que algo sucede, pero no siempre sabe qué es. Juegan constantemente con la incongruencia en las dimensiones de los objetos y sus texturas, el exceso de detalle y un tono irónico que contrasta con la solemnidad del tratamiento formal.

Esta muestra reúne una serie de notas sobre los pensamientos, ideas y búsquedas del autor.

O mejor dicho, una serie de invitaciones a pensar. Diría que Emiliano entendió algo esencial: que su fotografía no es un acto de revelación, sino de omisión deliberada. Y que, en todo caso, nada pesa tanto como lo no dicho.

Texto por Sergio Chavarría
Registro fotográfico:
Registro.fotograma